El reciente brote de sarampión en México ha encendido alertas sanitarias y sorprendido a una generación que creció pensando que esta enfermedad pertenecía al pasado. Durante décadas, el país fue reconocido por su programa de vacunación, que permitió erradicar la transmisión endémica del virus. Su reaparición no significa que la vacuna haya dejado de funcionar; significa que los sistemas de protección colectiva requieren vigilancia constante y coberturas sostenidas.
El sarampión es uno de los virus más contagiosos conocidos. Antes de la introducción de la vacuna, causaba millones de muertes infantiles cada año en el mundo. Más allá de la fiebre y el exantema característicos, la infección tiene un efecto inmunológico profundo: provoca una supresión temporal del sistema inmune, fenómeno conocido como amnesia inmunológica. Durante este periodo, el organismo pierde parte de su memoria frente a infecciones previas, lo que aumenta la vulnerabilidad a neumonías, diarreas y otras enfermedades.
La vacunación sigue siendo, sin discusión, la herramienta central para prevenir el sarampión. No existe ningún alimento ni suplemento que sustituya el esquema completo de vacunación. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que la calidad de la respuesta inmunológica también depende del estado nutricional. La nutrición no reemplaza a la vacuna, pero sí modula la eficacia del sistema inmune.
Diversos estudios han documentado que la desnutrición infantil y el retraso en el crecimiento se asocian con respuestas vacunales más débiles. Niños con indicadores de malnutrición pueden presentar títulos de anticuerpos significativamente más bajos después de la vacunación contra el sarampión. En contraste, las intervenciones nutricionales, particularmente la suplementación con vitamina A y zinc, y la rehabilitación proteico-energética, han mostrado mejorar la seroconversión y la persistencia de la protección inmunológica. Esto no implica que la vacuna falle, sino que el sistema inmune necesita recursos biológicos adecuados para desplegar su máxima capacidad.
El brote actual también revela brechas generacionales. Estudios recientes en México han identificado grupos de adultos jóvenes con niveles de inmunidad inferiores a los esperados, posiblemente debido a esquemas de vacunación incompletos o a la disminución progresiva de la protección en ausencia de circulación viral. Estas lagunas de inmunidad pueden facilitar la reintroducción del virus cuando llegan casos importados.
La respuesta frente al sarampión no puede limitarse únicamente a aumentar las coberturas de vacunación, aunque esa sea la prioridad inmediata, sino que debe integrarse con políticas que fortalezcan la nutrición infantil, la seguridad alimentaria y la atención primaria de salud. Los brotes infecciosos tienden a ser más graves en contextos de pobreza y malnutrición, donde el sistema inmune enfrenta desventajas adicionales.
La lección principal es clara: la prevención real es integral. La vacunación completa continúa siendo la defensa más poderosa contra el sarampión y debe promoverse sin ambigüedades. Pero al mismo tiempo, fortalecer el estado nutricional de la población, especialmente en la infancia, es una estrategia complementaria que potencia la protección colectiva. Un sistema inmune resiliente se construye tanto en la cartilla de vacunación como en el plato de comida. Ignorar cualquiera de estos dos pilares debilita nuestra capacidad de respuesta frente a enfermedades que creíamos superadas.
Referencias:
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Por: Dr. Edgar Mendivil Rangel, Director del Departamento de Salud
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